¡Oh, diario personal!
Luego me he acordado de que no me quedan más que unos pocos florines y me he hundido en la tristeza. Adiós café con leche, adiós mi celebración. Ya no puedo permitirme caprichos como antaño. He pasado todo el día melancólico, recordando cómo iba a desayunar un café con leche a una cafetería, y hasta un croissant de tarde en tarde, y los días festivos compraba mi propio diario, que leía con fruición. Aquellos fueron buenos tiempos, porque era joven y tenía muchos años por delante, y además la paga de mis padres me permitía vivir con cierta comodidad. Solía comprarme una camisa al año y un buen par de botas cada tres. Iba a ser escritor o por lo menos poeta, y frecuentaba los cafés con mis cuadernos y mi lapicero siempre afilado...
Pero los años han pasado, y yo sigo soñando con ser algún día escritor o por lo menos poeta, aunque sé que el tiempo corre en mi contra y estos años han ido cambiando mi temperamento hasta hacerlo mucho más hipocondríaco, y ahora vislumbro mi mañana en penumbra, quizás enfermo, celebrando san José Luis de Bravante en algun albergue para pobres y recitando mis tristes versos entre los pobres viejos que como yo miran por la ventana sin escuchar y sólo ven en el jardín plantas marchitas.






