Ayer supe de la muerte de una gata muy apreciada por mí y por algunos amigos mios y me afectó especialmente. Cuando muere un gato es una conmoción, y si es conocido la conmoción es aún mayor. Además fue de una manera especialmente dolorosa y nos ha entristecido mucho. En cambio, algunas personas allegadas que supieron de la tragedia mostraron una sensibilidad impropia de un humano que se tiene por civilizado llegando a decir comentarios que evidenciaban una gran estupidez. Luego he dormido mal.
Hoy me he lavado la cara con especial esmero, porque he procurado despertarme a base de aplicarme agua fria. Naturalmente sin añadir jabón, pues es sabido que el jabón estropea la piel y no produce ese efecto milagroso en las ojeras; más bien al contrario. Después, mientras orinaba en el inodoro y durante las tareas posteriores he estado pensando en las personas estúpidas que son mayoría en el planeta, como la del comentario insensible acerca del gato, y he recordado un pensamiento que he tenido algunas veces y que en ocasiones como esta me parece más adecuado aún.
Se trata de mi teoría que llamo "50% people" y que consiste en acabar con la plaga que supone la superpoblación de humanos en el planeta, y además en solucionar cosas simples pero importantes. La idea es bien sencilla. Según el sistema de mesura de la inteligencia humana, o sea el Cociente Intelectual, las personas llamadas normales tienen entre un 90 y un 110 de CI, y son el 50% de la población. Luego tanto hacia arriba como hacia abajo la cantidad es el otro 50%. Teniendo en cuenta que la gente normal es mediocre porque no es ni muy inteligente ni muy idiota, no haríamos sino ganar si desaparecieran del planeta, quedando sólo la mitad de los humanos; es decir, los que son más inteligentes y los que son más tontos. Por arriba quedarían los que están entre un CI de 111 en adelante y por debajo de 89 para abajo. Ganaríamos en menor población, lo cual permitiría aprovechar mejor los recursos que aún quedan en el mundo, y en calidad de esta población, puesto que los inteligentes sabrían cómo hacer bien las cosas mientras que los menos capacitados intelectualmente serían muy útiles y felices dejándoles realizar tareas de mejora del terreno y tareas diversas de producción con horarios adecuados y una vida mucho más plena en un entorno natural o en fábricas con hilo musical y zonas de recreo. El consumo de energía disminuiría y la contaminación también, y algunas especies se salvarían, volviendo la Tierra a gozar de su justo equilibrio natural en armonía entre los humanos (hermanados de nuevo sin guerras provocadas por los mediocres seres normales) y los otros entes propios del planeta, a la vez que los humanos inteligentes harían avanzar mucho más la especie tanto en saber como en cultura, arte y sensibilidad en general.